La incertidumbre ha sido la palabra de este año, lo sabemos perfectamente, la hemos sentido y la hemos vivido durante todos estos meses de pandemia. Nos rodea y por lo que podemos vislumbrar seguirá acompañándonos por los meses siguientes. Bajo este escenario es muy común que los mensajes que escuchamos en nuestro entorno sean en muchos casos contradictorios y en consecuencia nos sea muy difícil visualizar un panorama claro sobre el cual actuar. En este sentido tomar decisiones se ha convertido en un reto total, sobre todo porque sabemos que las variables alrededor cambian constantemente y nos obligan a atender sólo lo inmediato y lo urgente.

Sin embargo, hay un problema con mantener las decisiones enfocadas sólo en el corto plazo, y es que puede que nos ayuden a resolver lo inmediato, pero es muy probable que no nos permitan ir más allá de eso. Es decir, nos dejarán estancados en la situación actual y si las circunstancias cambian tampoco nos permitirán responder adecuadamente. Cuando sólo miramos el corto plazo, nos colocamos en modo supervivencia, es decir buscamos aquellas cosas que nos garanticen los mínimos necesarios para sobrevivir. Esto no es necesariamente malo, es después de todo lo que nos permite enfrentar una crisis. El problema surge cuando nos quedamos ahí, cuando nos olvidamos de mirar más allá y perdemos de vista que esto (como todas las crisis) también pasará, puede que no sepamos en cuanto tiempo, pero eventualmente las circunstancias cambiarán y entonces tendremos que enfrentarnos a las cosas que hicimos o dejamos de hacer.

El corto plazo tiene una utilidad, nos permite enfocarnos en lo que podemos resolver en el momento. Nos da la posibilidad de atender el día a día y trabajar sobre aquello que tenemos enfrente. Sin embargo, es el largo plazo el que nos permite imaginar un rumbo, el que nos ayuda a crecer y nos empuja a construir nuestro futuro deseable. Lo que planteamos para el largo plazo se convierte en un faro, es decir el pensamiento de largo plazo es el que da enfoque y sentido a lo que hacemos en el corto plazo, transformando el día a día en los pasos que nos llevarán al destino que deseamos. Cuando tomamos decisiones pensando en el corto plazo, tendemos a resolver lo superficial, aquello que no necesariamente será importante en un par de meses. En momentos de incertidumbre es normal que tratemos de enfocarnos en lo que tenemos delante de nosotros, pero no podemos quedarnos ahí.

Para todos ha sido muy complejo asumir los cambios, la abrupta y repentina llegada de la pandemia hizo que muchos de nosotros pusiéramos pausa en nuestros planes y nos centráramos en tratar de resolver lo que estaba sucediendo. Pero para poder superar esta crisis en el largo plazo necesitamos abrir el panorama. Se trata de empezar a pensar que hay más allá de la bruma que por el momento nos envuelve, es tener claro que después de esta tormenta está un puerto al que nos queremos dirigir. Tener una visión más amplia nos permite abrirnos también a otro tipo de soluciones, nos da la oportunidad de pensar de manera más divergente y encontrar opciones más creativas que puedan ayudarnos a llegar a nuestros objetivos o a replantearlos desde una nueva perspectiva.

La invitación del día de hoy es que, aun cuando sabemos que tenemos que resolver lo que sucede en el momento, no perdamos de vista el horizonte hacia el que queremos caminar. Es ese punto en el futuro el que nos puede dar mayor perspectiva para avanzar. Si hoy nos sentimos en medio de la bruma es un buen momento para buscar la luz del faro a la distancia que nos recuerde que nuestro destino está mucho más allá.      

Gracias por leerme, hasta la próxima semana.

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