“Fracaso” es una palabra que a muchos de nosotros nos provoca rechazo. Desde pequeños, nos han enseñado a temerlo y a evitarlo a toda costa, como si fuera el peor que te puede pasar en el mundo. Sin embargo, el fracaso es inevitable y en algún momento de nuestro vida alguna idea, algún proyecto, algún plan saldrá verdaderamente mal y tendremos que aprender a vivir con eso. Por ello creo que tendemos a ver el fracaso desde un ángulo equivocado y en general en lugar de ser nuestro peor enemigo, es en realidad uno de nuestros mejores maestros.
El Fracaso como Maestro
Nuestra mente esta diseñada para buscar constantemente cualquier amenaza y garantizar sobre todas las cosas nuestra supervivencia. Por ello cuando nos exponemos a hacer cosas nuevas, nuestra mente tiende a buscar lo conocido o lo que le es familiar, y rechaza en un primer momento cualquier cosa que no pueda predecir. Pero intentar algo nuevo siempre nos lleva a escenarios en los que nunca hemos estado e irremediablemente alguno de ellos va a fracasar. Sin embargo, la ventaja de esto es que cada vez que fracasamos, nuestro cerebro registra información valiosa sobre lo que no funciona. Este proceso, aunque no siempre sea agradable, es fundamental para el aprendizaje, pues nos permite experimentar y con ello adquirir nuevas herramientas.
Construyendo Resiliencia
Algo que nos enseñó a muchos la pandemia de COVID-19 fue que la resiliencia no se desarrolla en la comodidad del éxito constante, ni en nuestra zona más cómoda, sino que se construye en la adversidad. Es cuando las cosas no salen como queremos, cuando los planes cambian, cuando la incertidumbre nos pone en un lugar diferente del que creíamos que íbamos a estar; que la resiliencia se fortalece y para ello se necesita el fracaso.
Cada vez que nos levantamos después de una caída, nuestros «músculos emocionales» se fortalecen. El proceso no siempre es agradable, y se vale pasar el proceso de luto necesario para aquellos proyectos e ideas que no llegaron a ser lo que queríamos que fueran. Sin embargo, es importante rescatar que al final del camino aquellas caídas tienen grandes lecciones, a veces no son fáciles de ver, pero con el tiempo podemos rescatar los aprendizajes y entender no solo lo que no salió bien, si no también aquellas cosas que fueron valiosas.

Cambiando la Narrativa
El fracaso duele y es incómodo pero también es necesario, siempre decimos que si fracasamos es porque nos atrevimos a intentar algo, salimos de nuestra zona de confort y probamos algo distinto. Y aunque esto sea cierto, no quita el hecho de que fracasar no siempre es fácil. Pero justamente porque no es sencillo es que resulta crucial resignificar nuestra relación con el fracaso. En lugar de verlo como un final, podemos entenderlo como una parte del proceso de aprendizaje, si cambiamos nuestra narrativa respecto a lo que significa el fracaso y dejamos de verlo como una sentencia, podemos verlo como una forma de crecimiento.
Transformar la manera en que entendemos el fracaso es complejo porque tendemos a tener una serie de creencias alrededor de él, sin embargo, si podemos verlo de manera más neutra y aprendemos a visitarlo más seguido, podemos también ver el fracaso como una herramienta que nos muestra dónde están nuestros límites, dónde están aquellas cosas que necesitamos aprender y sobre todo aquello que nos falta evolucionar.

El fracaso no es el opuesto del éxito, sino una parte integral del mismo. Es una forma en que podemos nutrir nuestro propio crecimiento personal y profesional. Cuando comenzamos a ver el fracaso bajo una luz diferente, nos liberamos del miedo paralizante que nos impide probar cosas nuevas e intentar salir de nuestra zona de confort. La próxima vez que enfrentes un fracaso, recuerda: no es un punto final, sino un punto y aparte en tu historia de crecimiento personal. El verdadero fracaso no está en caer, sino en negarse a levantarse y aprender de la experiencia. ¿Qué fracaso te gustaría celebrar hoy? ¿Qué aprendizajes obtuviste que no hubieras aprendido de otra forma?