Escucha activa, aprender a conversar

Mi educación primaria la cursé en una escuela Montessori y en el ambiente o salón de clases, teníamos una práctica que en su momento era totalmente cotidiana, pero que después descubrí que tenía un valor particularmente interesante. Normalmente en el ambiente reinaba el silencio propio del trabajo, sin embargo, cuando comenzábamos a alzar la voz o había algún anunció para nosotros, Sol, nuestra maestra o guía, solía llamar nuestra atención con una palabra mágica: Escuchen. En cuanto la oíamos pronunciarla, teníamos que dejar lo que estábamos haciendo, cruzar nuestros brazos frente al pecho y prestar toda nuestra atención a lo que se tenía que decir. Esta práctica garantizaba que todos estuviéramos atentos de verdad al mensaje y nos evitaba las distracciones. Con el tiempo me di cuenta que cuán importante era esa lección, y porqué era tan valioso detenerse a escuchar para entender a profundidad lo que se nos estaba diciendo.

La comunicación es siempre compleja, no importa si estamos hablando con personas cercanas como nuestros amigos, o si estamos hablando con un cliente. Hacer que un mensaje llegue al otro de forma integra y este pueda responderlo de igual manera es más complicado de lo que a veces parece. Siempre he creído que uno de los aspectos más complejos de la comunicación no es propiamente cómo transmitimos nuestro mensaje, sino nuestra capacidad de escucha. La comunicación es un ejercicio bidireccional, por lo que cuando nos comunicamos no sólo tenemos que hacerle entender al otro lo que queremos decir, sino que esperamos recibir una respuesta y retroalimentarla a su vez. La comunicación es un flujo, pero para que una conversación suceda de verdad, es necesario que ambas partes reciban y envíen mensajes.

Sin embargo, el mayor obstáculo para que esto pase es que muchas veces no recibimos los mensajes del otro, básicamente porque no nos detenemos a escuchar de verdad. Cuantas veces no nos ha sucedido que llevamos horas hablando sobre un tema y la otra persona vuelve a preguntarnos sobre algo que ya dijimos. Estás situaciones pueden ser no sólo molestas, sino que además inhiben nuestro deseo de comunicar. Muchos de los malentendidos en la comunicación suceden por la falta de escucha, pues cuando no escuchamos atentamente perdemos la mayor parte del mensaje. Lo mismo sucede si nuestra escucha no está enfocada en entender el mensaje del otro sino en responderlo. Esto pasa cuando alguien nos transmite una información, y nosotros inmediatamente hacemos un juicio de ella, sólo con la intención de refutarla. Es el mismo caso cuando tenemos la atención dividida, es decir, cuando en medio de una conversación estamos haciendo alguna otra cosa, como revisar el celular, por ejemplo.

Para evitar estas interferencias en la comunicación es necesario aprender a practicar la escucha activa, es decir poner nuestra atención en lo que escuchamos y en la forma en que lo estamos haciendo. Esto implica mostrar auténtico interés en lo que se nos está comunicando, evitando las distracciones. Y si algo no logramos entenderlo al cien por ciento clarificarlo, ya sea preguntando o parafraseando para entender correctamente. Pero sobre todo se trata de ser empático ante lo que el otro está diciendo, reconociendo los sentimientos detrás del mensaje, sin juicios y sin la necesidad de ser protagonista de la conversación, permitiendo así el intercambio de ideas.

La escucha activa es una buena práctica para mejorar nuestra comunicación con los demás, nos permite no sólo entendernos mejor, sino tener conversaciones de mayor calidad, pues implica aprender a escuchar todos los mensajes, no sólo los mensajes verbales. Mejorar la calidad de nuestra comunicación puede ser tan simple como cambiar pequeños hábitos, eliminar las distracciones o decidir ser más empáticos. A veces es necesario recordarnos estar presentes y detenernos a prestar atención, a veces necesitamos una voz como la de Sol que nos llame a escuchar.

 

Muchas gracias por leerme, hasta la próxima semana

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